Hacer-arte

Por Wolfgang Giegerich, 2010.

Pasaje tomado de: "Liber Novus, es decir, La Nueva Biblia. Un primer análisis del Libro Rojo de C.G. Jung". Artículo publicado en The Flight into the Unconscious, volumen V de sus artículos reunidos en inglés, capítulo siete, pp. 273-323.

Traducción de Luis R. Álvarez y Alejandro Bica.


Si tomamos como ejemplo un retrato, lo que lo convierte en una verdadera obra de arte es que dentro de sí mismo consigue realizar exitosamente una inversión radical. Mientras que empíricamente el punto de partida de un retrato es el modelo real de ahí afuera, la obra de arte priva a este modelo de ser su origen y fuente e interioriza la fuente de autoridad y convicción completamente en la obra misma. El retrato como una obra de arte no tiene su verdad en algún parecido con el “original”, no es una copia del original (como en la idea de Platón del arte), sino que es su propio original, conteniendo su verdad dentro de sí mismo, y esta es la razón por la cual resplandece desde dentro. Es, como lo vio Hegel, la auto-manifestación del absoluto en forma sensorial. La mística de La Mona Lisa de Leonardo no deriva de la persona real pintada; su verdad no depende de ningún parecido con ella (en el caso de que supuestamente haya existido). Más bien, la obra de arte tiene su base solamente en sí misma y de esta forma se ha vuelto independiente de, se ha cortado y liberado de, su “referente”, convirtiéndose así en un si mismo que se vale y habla por sí mismo. El proceso de hacer-arte es la representación “del alma” o “de la mente” de esta “alienación”: el desposeer a lo externo real de su autoridad y transferir esta autoridad a, y absorberla incondicionalmente en, la obra de arte. (Este “origen” y “autoridad” absorbidos en la obra de arte misma es un ejemplo de una “interiorización absoluto-negativa”: la creación de una interioridad que no es una positividad, que no existe como hecho positivo. Y esta es la razón por la cual el arte es una instancia del hacer-alma.) Más que ser meramente literalmente retratada, junto con cualquier parecido que la representación pueda tener con ella, la persona realmente retratada renace verdaderamente, recreada originalmente dentro de la pintura y en virtud de ella, desde dentro de su origen intrínseco propio, de manera que cualquier parecido aún existente ha quedado reducido a un momento sublado, secundario, en el auto-despliegue de la pintura.

Si pensamos en una obra literaria como La Divina Comedia de Dante, es concebible que su punto de partida fuesen las experiencias interiores. Pero esto no es precisamente lo que le da su grandeza a la obra de Dante. Al contrario, su carácter como propiedad cultural de la humanidad resulta del hecho de que la sustancia de aquellas experiencias fue implacablemente liberada de la privacidad solipsista de sus experiencias interiores personales y de su carácter de hecho-factual y liberada en su forma como fantasía, como imaginación poética. El contenido de la fantasía se soltó implacablemente y de esta manera se le permitió encontrar su propio centro de gravedad y su propia fuente de autoridad solamente dentro de sí mismo como imaginal o fantástico. Al mismo tiempo fue liberado de su arraigo empírico en la subjetividad del autor de manera que pudiese ser verdaderamente autosuficiente, lo cual equivale a decir que se le permitió crearse a sí mismo nuevamente solamente exclusivamente a partir de su verdad y necesidad internas a la fantasía. Esta es una verdad que sólo obtiene a través del proceso de hacer-arte, el cual, como hemos visto, consiste en su ser desposeído de su supuesto origen o arraigo en la experiencia empírica e interiorizado incondicionalmente en su carácter de fantasía mismo. La diferencia psicológica no se reserva a sí misma. Cualquier gran artista permite que su experiencia, así como su subjetividad (el hecho de que sea él el que ha tenido ésta experiencia), se transformen completamente en la misma forma de la fantasía, poniendo todos sus huevos en ésta única cesta. El hacer-arte requiere zambullirse. Precisamente, a la fantasía (a la idea, a la imagen) se le permite ser “nada más que” fantasía. Sólo esta liberación incondicional de la fantasía en sí misma, en su carácter de fantasía, por lo que pueda valer, le permite volver a casa a sí misma y tener su verdad exclusivamente dentro de ella misma y ser determinada solamente por su propia lógica interna. Y es sólo a través de esta transformación, de la subjetividad del artista en la fantasía como auto-suficiente y como un fin en sí mismo, que la obra de arte obtiene también verdadera objetividad de manera que la generalidad pueda experimentarla como suya propia. La obra de Dante no pertenece primariamente a Dante. Como una obra de arte ha sido verdaderamente publicada (no sólo literalmente, externamente), es decir, su forma interna propia es tal que ha sido dada a todos. Esta es una manifestación de la diferencia psicológica.

El arte se da al ser mediante la interiorización incesante de la positividad de la experiencia empírica y su contenido “realista” en la negatividad de la forma de la mera fantasía. Hacer-arte es el erosionar implacablemente la dualidad de sujeto (autor) versus objeto, experiencia (contenido) versus representación (forma), origen o causa versus resultado, a favor de la singularidad de la obra de arte que tiene todo lo que necesita dentro de sí misma. La obra de Dante habla por sí misma. Llega a nosotros con su propia autoridad. Y esto es así precisamente porque de una vez por todas ha dejado lógicamente atrás su punto de partida empírico como una experiencia en un sujeto humano en tanto que autor y también a este sujeto mismo. Si éstos, la supuesta experiencia “original” y la persona del autor, aún así figuran en su obra, entonces es sólo como recreaciones libres desde dentro de la fantasía de acuerdo a sus propias leyes. La obra de Dante no es un relato acerca de experiencias internas de “el inconsciente”, ni es su proceso de “individuación”. Es el auto-despliegue de una fantasía auto-suficiente a partir de su propia necesidad interna. (E incluso podríamos decir que el punto de partida empírico, la experiencia subjetiva, sólo era la primera y rudimentaria inmediatez de lo que sólo en la obra de arte acabada sale plenamente a la luz.) Sólo esto es lo que le da tanto la belleza estética como el poder de convicción para miles de lectores, haciéndola verdaderamente hablar y conmover profundamente incluso a lectores modernos, lectores que en sus propias convicciones pueden estar fundamentalmente apartados de su visión del mundo y de las condiciones de vida práctica y cultural cristianas del siglo XIV.